Manifiesto

El Iberia no existe.

O existe solo en el escenario, el único instante en que se vuelve real.

Es un espectro, un espíritu etéreo que flota en el aire, desprovisto de forma alguna, y que espera a ser invocado para su materialización. Sólo entonces el Iberia aparece. Sólo entonces puedes verlo, unirte a él, y ser parte del personaje en el que se ha convertido a través del sonido. Cuando nosotros somos, el público es.

El Iberia surge en fracciones de segundo. En esos instantes donde el público deja de mirar y empieza a sentir: como el agua turbia que se vuelve cristalina, como el orden que emerge del caos, como la arcilla que se convierte en figura y luego en otra cosa. No se deja fijar. No se deja poseer. Solo se atraviesa.

No somos la suma de nada.
Somos la forma que aparece por un instante, como una pirámide que se construye en el aire antes de disolverse. El resto del tiempo trabajamos en silencio, levantando andamios, apilando piedras, para que, alguna vez, aflore la materia.

El Iberia solo existe cuando lo invocamos. Y por unos segundos, todo lo demás desaparece. No permanece.
Pero cuando sucede, es real.